Waldo Leyva: memoria, deseo y utopía en cuatro poemas

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Antiguas sensaciones

A pesar de veranos tormentosos
e inviernos apacibles,
de sueños postergados
y afanes enfermizos;
aún sigo viviendo
en las horas presentes.
Me despierto pensando
en qué ocurrirá mañana.
Me duele la realidad
que me circunda,
este hoy que soñé
como futuro y se parece
cada vez menos a mi sueño.
Sé que me queda algo por decir
a los días que se anuncian
perturbadores o luminosos.
Palpé la temperatura
de la esperanza y canté,
con mi torpe y desafinada voz,
los himnos fundadores,
recorrí las rutas
donde seguían húmedas
las huellas del porvenir.
Por eso, a pesar de los años
tatuados en mi piel,
de ciertas cicatrices
y arrugas bien ganadas,
no soy de los que perdieron
en la paz todas sus guerras,
ni tampoco pertenezco
a los que habitan en el recuerdo.
La memoria me devuelve
viejas historias,
antiguas sensaciones,
derrotas y victorias que atesoro
en lo más hondo.

Para mi amigo Luis, y lo comparto,
no hay nada peor
que un viejo cascarrabias
o un joven que piensa
que el mundo se inaugura con él.
Intento hacer coincidir
con los recuerdos,
el asombro cotidiano,
y aquellos sueños,
donde intentamos encontrar
la palabra perdida,
la justicia imprescindible,
esa utopía necesaria
que nos muestra
y nos borra los senderos.


Vuelve la memoria a su rincón oscuro

Hay algo que quiero decir
y de lo cual no tengo ni memoria,
pero sé que está ahí,
en algún sitio de mi cabeza,
latiendo junto a mi ya cansado corazón.
Es una palabra sin idioma,
el Santo Grial de todos los poetas
que en el mundo han sido,
la única posible
para hablar del amor
como nadie lo hizo.
Sé que está ahí,
en algún sitio de mi ser,
pugnando por salir.
Pero se me escapa cuando creo tenerla,
cuando solo debo mover la lengua,
para que tú la oigas,
y, al escucharla, se abran
todos los poros de tu cuerpo
para dejarme entrar
y poner a latir tu corazón
dentro del mío.
¿Será cierto, Ángel González,
habrá palabras nuevas
para la nueva historia?
Cuando mis dedos están listos
sobre el tablero
y vuelve ese susto que antecede
a la incontrolable sensación,
de creer que tocamos la utopía.
Cuando creo ser el único dueño
de sus sílabas desconocidas,
de sus vocales íntimas,
de sus rimas imposibles;
en algún sitio del mundo
estalla otro misil
y me asaltan cuerpos rotos,
rostros suplicantes,
niños a quienes se les amputó el futuro,
rosas que perdieron la capacidad
de repetir el asombro, o el júbilo
que provocaron alguna vez,
en los ojos del poeta que comparó
la tersura de sus pétalos
con los labios de su amada.
Entonces se extravía el curso de mi sangre
y la palabra vuelve a su rincón oscuro.

Ejercicio con alejandrinos

Era un extraño día de otoño en el verano.
Tú venías desnuda de un sitio que no existe
y lilas imposibles iban tiñendo el agua
de un mar que no era el mar, sino un falso sendero
lleno de jacarandas sin gorriones ni abejas.
Yo esperaba sentado, sobre un tronco de roble
que alguna vez fue un árbol y terminó en tonel
donde tal vez maceran las pulpas más preciadas.
Era un otoño intruso, y una mujer desnuda
que se alejaba siempre, fingiendo que venía.
Un perro siberiano, con los ojos distintos,
vino a marcar el tronco y me orinó los pies.
Cuando quise espantarlo era un conejo pardo
que se alejó sin prisa y me invitó a seguirlo,
pero ya yo era uno con el tronco de roble
y había savia en mis venas y un extraño temblor
estirando mis brazos para tocar el cielo.
Entonces sentí el mar,
un olor a marisma me devolvió el verano,
quise tocar las olas, pero la anfibia arena
cubría y desnudaba tu cuerpo inexplorado.
Traté de andar, no pude, y me volví silencio.
Sonaron las campanas y apareció una torre
anclada sobre el aire, poblada de murciélagos
que giraban, giraban, hasta ocultar sus piedras,
desprendiendo una niebla que lo borraba todo.
Logré cerrar los ojos
y entonces cada poro, cada fragmento mío,
decidió que el verano era tu piel desnuda
y que el otoño intruso, era solo espejismo.
No quise abrir los ojos,
la realidad, a veces, duele más que los sueños.


Juego a imaginarla

A veces me sospecho Ángel González,
mojado todavía de sombras y pereza,
y me asomo a la mañana
con arrugas de sueño,
convencido de que la mujer
que duerme envuelta en su piel propicia,
siempre estuvo ahí y siempre estará;
incluso cuando el viento
disperse las cenizas de estos versos
que estoy imaginando,
mientras bate en las persianas
una brisa ámbar y serena
que traslada a su cuerpo
una luz no usada todavía.
Otras pensarán
que estos versos fueron
escritos para ellas y tienen razón,
aunque yo no les haya descubierto
las lentas fugas de su sangre,
ni haya muerto y resucitado
explorando las ocultas cavernas
de sus cuerpos,
como si lo puede asegurar
la piel de esta siempre muchacha,
que finge dormir,
mientras yo juego a imaginarla
en otro tiempo,
días inevitables que vendrán,
mañanas donde se levantará,
siempre muchacha,
y correrá
la cortina impalpable
que separa el sueño de la vida.  

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Waldo Leyva (Cuba, 1943). Poeta, narrador, ensayista y pintor. Ha publicado más de treinta libros de poesía y prosa. Entre otros, los poemarios: Con mucha piel de gente, El rasguño en la piedra,  Memoria del porvenir, La distancia y el tiempo, El rumbo de los días (Premio Casa de América de poesía americana), Cuando el cristal no reproduce el rostro. Premio Internacional de poesía Víctor Valera Mora, La palabra y el espejo, La Flecha está en el aire, Sagrados Territorios y No vengo a hablar del porvenir.

Su poesía ha sido traducida al inglés, francés, alemán, ruso, griego, italiano y otras lenguas. Como reconocimientos por su obra y su labor como promotor de la literatura y la cultura cubana e Iberoamericana se le han otorgado varios premios y distinciones. Además de los ya mencionados, posee el Premio Rafael Alberti, el Premio Nacional de Literatura, las medallas Alejo Carpentier y Félix Varela (mayor distinción del estado a un escritor), Maestro de Juventudes, Juchimán de plata y Medalla Fray Luis de León, entre otras.

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