Un lugar para Ricardo Sumalavia

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Escribe Salvador Luis Raggio Miranda

Los cultores del relato breve y microficcional en el Perú no han sido pocos, y entre ellos ha habido más de un gran exponente: narradores que convirtieron el laconismo en un espacio de espiritualidad imaginativa, paródica o metaliteraria. Cuando pensamos en ellos, los primeros libros que acuden a la memoria son obras de lectura obligada como El avaro (1955) de Luis Loayza, Escoba al revés (1960) de Carlos Mino Jolay, Monólogo desde las tinieblas (1975) de Antonio Gálvez Ronceros o La marea del tiempo (1982) de Carlos Eduardo Zavaleta.

Con todo, esta fascinante mezcla de brevedad, hibridez genérica e intertextualidad se halla también en la obra de autores de generaciones posteriores. Harry Belevan es uno de sus representantes, Carmen Ollé es otra, y lo son igualmente Fernando Iwasaki, Enrique Prochazka o José Donayre Hoefken. Podemos citar asimismo aproximaciones al género de Giovanna Pollarolo, Grecia Cáceres, Patricia Colchado o Mariangela Ugarelli, y decir que Alberto Benza, en lo que va del siglo XXI, se ha dedicado exclusivamente a este tipo de narración, y que Jorge Ramos Cabezas publicó no hace mucho una colección de microficciones kafkianas titulada El hallazgo. Existen además varios estudios críticos consagrados al tema, entre ellos la Antología de la minificción peruana (2006), compilada por Giovanna Minardi, El microrrelato peruano. Teoría e historia (2015) de Óscar Gallegos Santiago, y El microrrelato peruano. Antología general (2021) de Ricardo González Vigil.

Un nombre que suele destacarse entre los demás, sin embargo, es el de Ricardo Sumalavia (Lima, 1968), alguien que ha hecho de la economía verbal y la precisión del fragmento literario sus mayores armas estéticas. Incluso si pensamos en algunas de sus novelas, textos como No somos nosotros (2017) o Croac y el nuevo fin del mundo (2022), podemos advertir no solamente una fascinación por la síntesis, sino también esa confianza ciega en las elipsis retóricas, nacida seguramente de su relación con la literatura oriental.

Señalar a estas alturas que Sumalavia leyó los clásicos asiáticos de la poesía (Wang Wei, Li Po, Matsuo Bashō) termina siendo una afirmación repetitiva, pero tal vez no lo sea decir que algunas de las figuras del relato breve asiático deben haber caído también en sus manos; el japonés Yasutaka Tsutsui, tal vez, o el heterodoxo Yi Sang, de Corea del Sur. Sea como fuere, la disciplina de la microtextualidad es un placer inquebrantable en el trabajo literario de Sumalavia, y en las últimas dos décadas se ha convertido en su manera de trascender: una postura formal que le ha valido el reconocimiento de sus pares y también un camino independiente, a veces incluso raro. Así, sus relatos ejecutan pequeñas alteraciones en el lector, lo sobresaltan, e indagan acerca del mundo mediante gestos cotidianos que de pronto suscitan una animosa profundidad.

Una de las características más atrayentes de la microficción de Sumalavia es el género y la estructura interna que elige: la enciclopedia, un repositorio físico y simbólico que propone de antemano una red de referencias cruzadas y de organización fragmentaria, trazando lazos entre conceptos supuestamente distantes, pero a los que se les da también un orden temático. En los volúmenes de una enciclopedia, del mismo modo, existe una macrohistoria narrada artificialmente, pues en sus páginas los Diderot y los d’Alembert de antaño trataban de domar el caos y la oscuridad que acechaban a la Ilustración. Siglos después, estas referencias y conexiones enciclopedistas nos llevan directamente a la estética microtextual de Sumalavia y a su lugar en la literatura nacional.

En su recorrido por el campo del microrrelato, Ricardo Sumalavia ha publicado tres volúmenes de estos libros: Enciclopedia mínima (2004), la obra que inaugura de manera lúdica su insaciable proyecto de microtextualidades, compuesta por estampas urbanas de una cotidianidad inexplicable y misteriosa; Enciclopedia plástica (2016), en la que se vale del humor negro, la melancolía y el arte como trampolín para la meditación; y Enciclopedia vacía: El gran sueño (2024), quizá la más reflexiva de todas ellas, en la que Sumalavia se acomoda formalmente entre los mundos oníricos de los surrealismos europeos y los paradójicos koans del budismo Zen para acercarnos a los límites del pensamiento lógico.

Lo cierto es que su laconismo no es fingido ni imita sin gracia las obras de microficcionistas del continente como Shua, Monterroso, Arreola o Denevi. Sumalavia es un autor que ha sabido encontrar un punto de equilibrio, un lenguaje propio gracias a una estética de la ausencia, en la que la manera en que el lector completa el sentido de lo escrito siempre cuenta más. Creo que el tiempo le seguirá concediendo esta fortuna y diferenciación por encima del resto, un reconocimiento que Sumalavia se ha ganado a pulso después de varios años de exploración y disciplina.

Recientemente, sus tres enciclopedias fueron compendiadas en un volumen definitivo, más voluminoso, por supuesto, titulado Enciclopedias del carnaval (2026), la antología con la que el Fondo de Cultura Económica celebra los aportes microficcionales de este autor. Para sus nuevos lectores, y para quienes lo conocemos desde los últimos días del siglo XX, dicho inventario irradia tanto una forma de pensar en la literatura como una vida y un locus de enunciación. Ricardo Sumalavia ha entregado todos sus esfuerzos a este proyecto, y ha logrado (con moldes diferentes, desde un género a veces ignorado) un lugar en el mundo para él:

ALBA

Desde mi ventana, hasta hace muy poco, tenía a la vista un extenso y arbolado parque. Ahora hay una pared monumental que corresponde a un edificio de quince pisos. El parque no ha desaparecido. Está al otro lado de este edificio, sin duda aún extenso y arbolado. Lo que veo ahora, en cambio, es un muro blanco, aunque prefiero llamarla una pared alba. Con la rutina, el cambio de estaciones y las simplificaciones del lenguaje, he pasado a decirme que cada mañana abro la ventana para ver el alba. Y la veo con tal intensidad, que ya creo vislumbrar algunos árboles.

(Ricardo Sumalavia)

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Salvador Luis Raggio Miranda (Lima, 1978) se licenció en dirección de cine y literatura y es doctor en Lenguas Romances (University of Miami). Ha participado en antologías nacionales e internacionales y publicado colecciones de cuentos y novelas cortas como Shogun inflamable (2014), Díptico de la oruga (2020) o A quien oiga esta voz (2024), que se aproximan a la literatura fantástica, el terror y la ciencia ficción de manera experimental. Además de ser un reconocido antólogo de narrativa breve, se desempeña como catedrático en los Estados Unidos y dirige la revista de ficción insólita Cósmica Calavera. Sitio web: www.salvadorluis.net