Una entrevista de Gabriel Rimachi Sialer
Un estafador limeño huye a Georgia con la identidad de su hermano académico y termina dictando Estudios Latinoamericanos en un pueblo del Bible Belt, entre el Ku Klux Klan, una psicóloga asesinada y un amor prohibido. Con Balada del Sur salvaje (FCE, 2026), Paul Alonso escribe una sátira feroz sobre la raza, la impostura y la violencia de los dos Sures, el de Estados Unidos y el nuestro. Conversamos con él sobre las escenas más perturbadoras del libro y lo que lo llevó a escribirlas.
De niño, en Camino Real, Manolo engaña a una pareja con un relato inventado y le explica a su hermano: “Fácil, Javicho. Me inventé una historia”. Después la novela lo define como un “artista del engaño” al que le excita “habitar otra piel”. ¿Es Manolo un autorretrato oblicuo del escritor?
Interesante interpretación, Gabriel. No era una intención definida, pero lo veo con mucho sentido. Manolo, al igual que los escritores (o los actores, actrices y artistas en general), se mete en la piel de otros para crear algo verosímil. Se compromete con esta performance, se divierte y sufre con ella. Pero, a diferencia de los artistas que me interesan, lo hace por un beneficio personal.
Están el sílabo de Manolo y la biografía de Javier que deconstruyó el racismo sistémico en innumerables artículos y aun así se eriza al ver a un negro con capucha. ¿Cuánto de ajuste de cuentas hay aquí?
Más que ajuste de cuentas, en ese aspecto de la novela hay una dimensión de parodia de ciertos clichés de la academia. El contraste entre el superficial conocimiento criollo de Manolo con la pomposidad de la jerga académica es un gran vehículo de humor. Porque esta es principalmente una novela satírica, picaresca.
¿Por qué hacer que la ultraderecha estadounidense hable con la gramática de Sendero Luminoso? ¿La pensaste como una profecía retrospectiva?
Era un leve contraste humorístico que, quizá, buscaba exponer cómo los discursos extremos de aparentemente distintos polos ideológicos a veces se parecen mucho. En el tono, en las formas, en su lenguaje, en su fanatismo.
Eastwood rueda en Blairsville una película que el narrador llama “una de sus más mediocres”. ¿Por qué Eastwood y no otro: es el último cowboy que le quedaba al Sur?
Porque Eastwood es el último cowboy que nos queda a todos.

Manolo dice preferir a los villanos “porque son más reales” y termina viendo en Langston “un villano triste que hubiera preferido no serlo”.¿Por qué darle al villano la escena más íntima y dolorosa del libro?
Porque todos los villanos y los héroes siempre tienen luces y sombras; todos tienen una historia de miserias detestables y de dolores con los que podemos empatizar. La condición humana no es una dicotomía; es un espacio de grises donde el artista hurga para encontrar algún tipo de verdad.
El personaje más luminoso de la novela carga con un pecado original. En los agradecimientos le dedicas el libro a la memoria de tu terapeuta, Lynne Grady, “quien me ayudó a sanar después de mis años salvajes”. ¿Cuánto de ella hay en Janet?
Pues no más que ser un disparador de la ficción.
La teología sexual de Emma combina lo cómico, lo erótico y lo sagrado, contiene una ironía: Manolo trivializa América Latina en su sílabo, mientras Emma se libera leyendo a Sor Juana y a Frida Kahlo…
Es que las cosas más interesantes son siempre cómicas, eróticas y sagradas.
“En el Perú la mayoría de la gente es así. Solo que no son blancos”. “Los muertos y los hijos acaban siendo nuestra única patria”. ¿La novela es, en el fondo, una búsqueda de pertenencia? ¿Por qué un limeño encuentra su tribu entre los marginados blancos del Sur profundo?
Un aspecto central de la novela es la búsqueda y deconstrucción de la identidad (en varias dimensiones). El humor ayuda también para mostrar la artificialidad de las máscaras que utilizamos para navegar el mundo, ya sean sociales, económicas, culturales, raciales. Los personajes están en esa constante búsqueda de pertenencia, porque en realidad están desamparados, como todos. Quizá por eso Gustavo Rodríguez se refirió a mi novela como “una tragicomedia existencialista”.
Tayshia es durante toda la novela objeto del deseo de Manolo y termina como chivo expiatorio: la carta falsificada, su propia carta firmada “T. J.” que invoca el Underground Railroad ¿Por qué dejar esa ambigüedad tan perturbadora?
Porque no es la función de un escritor hacer un juicio moral determinante sobre sus personajes. “Ambiguedad perturbadora”. Gracias por el elogio.
Ese final feliz es la escena más cruel del libro. El epígrafe de Dylan dice que uno puede volver, pero nunca del todo. ¿Qué no pudo volver de Manolo?
Al igual que todos los que alguna vez se han ido, Manolo nunca puede volver a ser el mismo. Exponerte a otra realidad siempre te cambia. Para bien y para mal. Uno decide, entonces, lo que hace con eso.

