La máquina de Piglia

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Ricardo Piglia y libro de David Silva Rojas (Composición IA)

En La ciudad ausente (1992), Ricardo Piglia imaginó una máquina capaz de narrar: alimentada con un cuento de Poe, empezaba a producir relatos por su cuenta, como si la literatura pudiera seguir sin nadie que la escriba. Treinta y cuatro años después, aquella alegoría se ha convertido en expediente editorial.

El 29 de julio, un jurado integrado por Cristina Rivera Garza, Selva Almada y Mónica Ojeda eligió, entre 2204 manuscritos de 22 países, a la novela Donde el agua trabaja, del iqueño David Silva Rojas, como ganadora del I Premio Internacional de Novela Breve Almadía–Ventosa Arrufat, dotado con 20 000 euros. Una novela sobre una campesina temporal en los fundos agroexportadores de Ica, celebrada por su manejo del silencio. El 23 de octubre, El País informó que el detector Pangram atribuía a la inteligencia artificial el 99% de sus casi 26.000 palabras. Almadía suspendió las presentaciones en España y abrió una revisión; las bases del concurso prohibían expresamente el uso de IA. Silva Rojas niega haberla usado. El premio, hasta hoy, no ha sido retirado.

Hago la salvedad necesaria: un porcentaje no es una sentencia. Los detectores se equivocan, y la propia editorial ha pedido no anticipar conclusiones. Sobre el caso concreto, la última palabra la tendrán los borradores, los cuadernos, las notas de campo. Pero el escándalo ya cumplió una función: obligarnos a formular en voz alta la pregunta que el medio literario venía esquivando.

¿Es ético escribir literatura con IA? Decir que todo depende del uso es cierto y no dice nada. Nadie se escandaliza porque un novelista use un corrector ortográfico o un buscador para averiguar en qué mes se podan los viñedos en Ica. Eso es apoyo. El problema empieza cuando la máquina deja de asistir a la frase y empieza a producirla; cuando el autor ya no elige palabras, sino que escoge entre párrafos que algo eligió por él.

ted chiang.

Ted Chiang lo planteó en The New Yorker en 2024: escribir es tomar una cantidad enorme de decisiones pequeñas, y el arte es la suma de esas decisiones. Un modelo de lenguaje promedia; resuelve cada encrucijada por la vía más probable. La literatura vive de lo improbable: del adjetivo que nadie habría puesto, del corte que interrumpe la frase justo donde duele. Flaubert confesaba a Louise Colet, en sus cartas, que podía pasar días enteros sobre una sola página. Esa agonía no es un defecto del oficio que la tecnología venga a corregir: es el oficio.

Alguien citará a Borges. En «Pierre Menard, autor del Quijote», el mismo texto cambia de sentido según quién lo firme; y Barthes, a fines de los sesenta, decretó la muerte del autor. Pero ambos le devolvían el poder al lector; ninguno autorizaba un texto sin nadie detrás. Menard no copia: llega a las palabras de Cervantes desde su propia experiencia, y ahí está la gracia del cuento. La IA invierte la fórmula: produce el texto sin la experiencia. Una novela sobre el cansancio de los cuerpos en los campos de Ica escrita sin cuerpo sería, en el mejor de los casos, una impostura conmovedora.

Pienso en Arguedas, que en los diarios de El zorro de arriba y el zorro de abajo dejó constancia de que escribir le costaba la vida. No idealizo el sufrimiento; digo que la literatura es, antes que un producto, una forma de responsabilidad. Quien firma un libro responde por cada línea. La japonesa Rie Kudan, ganadora del Akutagawa en 2024, admitió que cerca del 5% de su novela provenía de ChatGPT, y lo dijo ella misma. Se podrá discutir, pero fue honesta. El fraude no está en la herramienta: está en el silencio sobre la herramienta.

Conviene mirar también el otro extremo del fenómeno, donde la pregunta ética ya ni siquiera se formula. En julio, Kashmir Hill, que había encontrado en Amazon una biografía de sí misma escrita por IA, contó en The New York Times el caso de Bill Johns, un jubilado estadounidense de 70 años que, con ayuda de ChatGPT, tenía a la venta 445 libros y se proponía publicar diez por semana. No es una rareza: en enero, un estudio de Originality.ai sobre 844 títulos de la subcategoría «Éxito» de autoayuda en Amazon, publicados a fines de 2025, concluyó que el 77% había sido probablemente escrito por una máquina. Apenas 29 autores firmaban 101 de esos libros. Los títulos probablemente humanos de la muestra acumulaban, en promedio, unas cinco veces más reseñas: el lector, al menos, todavía distingue.

Replicante de Blade Runner escribiendo su novela (Composición: IA)

Ahí no hay talento sustituido, porque nunca se pretendió que lo hubiera: hay volumen, catálogo, una cadena de montaje que confunde el libro con una mercancía de góndola. Nadie confundirá un manual de autoayuda fabricado en serie con una novela premiada por Rivera Garza. Pero la lógica de fondo es la misma, y es la que debería preocuparnos: cuando escribir cuesta casi nada, firmar empieza a valer muy poco.

¿Apoyo o reemplazo de un talento que no existe? Las dos cosas, y esa es la trampa. Para quien ya sabe escribir, la IA puede ser un asistente más, discutible pero manejable. Para quien no sabe, es una prótesis que simula un órgano ausente. Y lo inquietante del caso Almadía, se confirme o no la sospecha, es que hoy nadie puede afirmar a simple vista de qué lado está un texto. Eso no habla mal de ningún jurado; habla de lo bien que la máquina ha aprendido a imitar nuestras virtudes de taller: la contención, la elipsis, el silencio elocuente. Quizá ahí esté la lección más incómoda. Si una máquina puede reproducir lo que premiamos, tal vez estamos premiando fórmulas. La respuesta no es la cacería de brujas con detectores, sino exigir lo que siempre definió al escritor: una voz que no pueda promediarse.

La máquina de Piglia narraba para preservar la memoria de una mujer muerta. Tenía un motivo. Las de hoy no tienen ninguno. El motivo, todavía, sigue siendo nuestro.

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Gabriel Rimachi Sialer (Lima - Perú, 1974). Escritor, periodista y arqueólogo peruano, es autor de los libros Canto en el infierno (2001); El color del camaleón (2005); El cazador de dinosaurios (2009); La increíble historia del Capitán Ostra (2020); Historias extraordinarias (2020), la novela La casa de los vientos (2022), Todos los muertos de mi felicidad (2026), y Para esto hemos venido (2026). Como editor ha preparado las antologías clásicas 17 fantásticos cuentos peruanos Vol. I (2008); y Vol. II (2012). Ha formado parte de antologías peruanas y extranjeras. En 2010 obtuvo la Beca de Residencia Literaria del Gran Ducado de Luxemburgo. En 2013 fue considerado por el crítico e investigador Ricardo González Vigil en la antología nacional El cuento peruano 2001-2010, editado por Ediciones Copé de Petroperú. Actualmente dirige el portal literario Libros que arden, dedicado a la difusión del libro y la promoción de la lectura en todo el país.