Por Fernando Ampuero
Nadie sabe con certeza cómo sucedió el milagro de Comala. Nadie tampoco sabe quién fue ese tal Pedro Páramo, ni en qué aire, o en qué silencio, la polvorienta mirada de un tal Juan Rulfo se le cruzó para siempre.
De Pedro Páramo, hombre acostumbrado a sembrar dolor con cada pisada, hemos oído su pedregoso torrente de maldades que dispensa al mundo; hemos oído, y de hecho seguimos oyendo, cómo crece su sombra en la sangre de sus hijos, regados por aquí y por allá. Nunca fue solo un personaje de ficción, según imaginan algunos lectores; fue, antes que nada, un mal olor de simiente envenenada, un legado de penurias confusas como un interminable eco que rebota sin salida. De Juan Rulfo, escritor a cuentagotas, conocemos lo que él, forzado por el insistente entrevistador Joaquín Soler Serrano, tuvo que decir a regañadientes. Que procedía de una familia de hacendados y abogados, y que nació en Apulco, pueblecito de Jalisco cercano a Sayula, y que hasta vivió una infancia feliz. Ese pueblecito, con su iglesia, su plaza y sus callejas, era prácticamente obra y propiedad de su familia. Pero entonces, por la contrarrevolución cristera, él y los suyos debieron huir y lo perdieron todo. Su abuelo murió asesinado por la espalda, y, para variar, su padre también murió asesinado por la espalda, y un poco después murió su madre. Rulfo, a los nueve años, terminó en un orfanato, con un barullo de tristezas que ni su apego a la lectura podía aliviar.
El pertinaz entrevistador, a quien agradeceremos por esta vez su indiscreción, no perdió la oportunidad de escudriñar con una pregunta que sería más o menos así: “Pero díganos, maestro Rulfo, ¿qué aprendió usted de tanta vida inmisericorde?”. Rulfo contestó: “Bueno… Pues aprendí a deprimirme”. Y tras esa respuesta, en efecto, no necesitaba hablar más. Dijo otro par de cosas, sí, pero ya estaba todo dicho. Repentinamente, merced a esa frase tan parca y espontánea, sus lectores vimos la luz del cielo, aunque fuera tan solo un retacito de cielo, pero considerando su largo historial de introvertido patológico; aquella íntima confesión valía por un autorretrato.
Frágil, vulnerable y callado hasta la exasperación, Rulfo (1917-1986) fue el curioso provinciano que se instaló en la capital y buscó la forma de arreglárselas. Y fue, además, el escritor joven que, para sobrevivir, trabajó como empleado de Migraciones (“nunca capturé a un extranjero ilegal”), o como vendedor viajero de llantas Goodrich (“que se vendían solas”) por el interior de su país. No pudo ingresar a la universidad de Guadalajara, porque entonces ésta se hallaba en huelga, pero sí asistió como alumno oyente al Colegio de San Idelfonso de Ciudad de México. Su formación de autodidacta se complementaría pronto con sus colaboraciones en las revistas América, México y Pan, donde publicó los cuentos “Macario”, “Nos han dado la tierra” y “La cuesta de las comadres”. Con esos cuentos Rulfo fue encontrando el tono de su literatura. Pero, al pasar a la novela, trastabilló en su primer intento, cuando cedió a la tentación de la escritura retórica.
Su primera novela, que giraba dentro de los moldes lineales, la destruyó después de años de trabajo. “Era muy mala”, dijo. Y luego, ya cerca a los cuarenta años y repensando en una adecuada expresión literaria, capaz de calar en la sensibilidad del lector, reanudó el trabajo por el lado experimental, cuya audaz creatividad ya todos conocemos.
¿Qué hizo? Volvió al tono de sus cuentos, pero dando saltos en el tiempo, y nos entregó, con mayor aliento, un tejido de murmullos y silencios; esto es, configuró una estructura narrativa que, para sorpresa de muchos, desechó las columnas tradicionales y estableció un soporte invisible lo bastante sólido para que la ilación del relato se abriera camino. A esa innovación técnica, le sumó artificios temáticos: el pueblo de Comala, que nunca tuvo un modelo equivalente en el mapa de México, y la impronta en el habla de sus personajes, de un coloquialismo directo y poético.
“Es una novela de fantasmas”, ha dicho Rulfo de Pedro Páramo. Y esto, de algún modo, lo llevó a amontonar monólogos, diálogos e incluso pensamientos. Comala es un pueblo fantasma y, bueno, a los fantasmas no se les pide un tren lógico de apariciones y desapariciones. Ellos –Bartolomé San Juan, su hija Susana, Fulgor, Dorotea, Juan Preciado, Pedro Páramo, Miguel Páramo, doña Fausta, el padre Rentería, Damiana Cisneros y tantos otros– entran y salen de escena, sin sentido de continuidad, cuando les da la gana. Tienen licencia fantasmal, o quizá debería decir tienen voces de ultratumba, que hablan de muertes, males de amor, alzados en armas.
El pueblo de México, eso sí, no se expresa como estos espectros de Comala. Pero, curiosamente, todo mejicano se reconoce en tales voces, o en esas otras, descarnadas y primitivas, de los cuentos de El llano en llamas. Ellas recrean el alma y el léxico humilde del campesino, con los que Rulfo culmina y cierra el ciclo literario del México revolucionario. Allí, en puridad, está la atmósfera desolada del México profundo al igual que en las imágenes del Rulfo fotógrafo, o bien en las películas de ese otro gran artista mexicano, Emilio “El Indio” Fernández, para quien Rulfo y Juan José Arreola escribieran guiones. Sintaxis lacónica y lenguaje contenido, cuya potencia aumenta cuando utiliza menos palabras y conectores. “El ideal para mí no es reflejar la realidad tal como es”, diría Rulfo. “Yo creo en la idea de Arguedas, de que al escritor hay que dejarle el mundo de los sueños, ya que no puede tomar el mundo de la realidad». Rulfo puso a soñar el castellano.
“Hay pueblos que saben a desdicha. Se les conoce con sorber un poco de su aire viejo y entumido, pobre y flaco como todo lo viejo. Este es uno de esos pueblos, Susana”. Quien esto murmura, persuasivo, es Pedro Páramo, dirigiéndose a la huidiza e incestuosa Susana San Juan, el fantasma de una bella mujer que ya está loca. Son muchos los temas de esta novela – las raíces, el mito y la intransigente fatalidad de vivir y morir y hasta revivir como almas en pena – y en todos, desde voces individuales y colectivas, domina un lamento arrastrado. El lamento de la mujer que se niega a Pedro Páramo, el violador de hembras, quizá para evitar la simiente de Caín, y el de todos los muertos del mundo que, como el narrador, deambulan “en busca de su padre, deseoso de cobrarle el olvido en que dejó a su madre”; y ello, tal como señala el crítico Rodríguez Monegal, se convertirá en el asesinato del padre, el soñado parricidio, o el acto de seguir soñando al caminar.
Pedro Páramo, indiscutible milagro literario y fruto de un ensimismado y terco trabajo, mechado con silencio y melancolía, se sitúa más allá de las influencias de Faulkner o de la literatura islandesa (Halldór Laxness, Premio Nobel 1955), que tímidamente menciona el propio Rulfo. Es una de esas raras obras con el aspecto de las cosas que se ven por primera vez. Y no hablo de cualquier cosa. Digamos que, al leerla, sabemos que aquello que miramos también nos mira, como si nos enfrentáramos al mar.
No sé si alguien pueda decir que ha leído Pedro Páramo. Yo la considero una novela que, a causa de su fuerza lírica, sus cabos sueltos y sus eternas resonancias, siempre nos acompaña. Debo haber recorrido cinco veces sus páginas– es un texto corto –, y, cada vez que alguien me pregunta si la he leído, respondo: “La estoy leyendo”. A decir verdad, dudo que algún día acabe de leerla; ni sacudiendo el libro podría sacarle todo lo que tiene.
Fernando Ampuero (Lima, 1949) es uno de los narradores y periodistas más influyentes del Perú contemporáneo. Su universo literario está profundamente ligado a Lima, una ciudad que disecciona en su complejidad social, sus contrastes y su vida nocturna. Inició su carrera con el libro de cuentos Paren el mundo que acá me bajo (1972). Desde entonces, ha desarrollado una impecable producción de narrativa breve, con títulos referenciales como Malos modales (1994) y Bicho raro (1996). Su obra novelística destaca por la celebrada tetralogía Cuarteto de Lima (2019), que agrupa sus novelas Miraflores Melody, Caramelo verde, Puta linda y Loreto. Recibió el Premio FIL LIMA de Literatura en 2018.