Minuto 65

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Un cuento de Gabriel Rimachi Sialer

Toño destapaba la primera Cristal del día a las once de la mañana. Heladita. Tomar otra marca era como rezarle a un santo ajeno: el club de sus amores lo había fundado la Backus & Johnston en 1955, y cada botella que abría era una forma de comunión y una manera de sostener al club. Kike, su padre, se reía de eso. Decía que era la única religión donde el fiel se emborrachaba con la hostia.

Kike había muerto el 2 de junio en el Rebagliati, en una sala donde ningún familiar pudo entrar. A Toño le avisaron por teléfono. Una doctora con la voz cansada le explicó que no habría velorio, que el cuerpo se cremaba por protocolo sanitario, que lo llamarían cuando estuviera la urna. Lo llamaron diecinueve días después. La urna era de cartón prensado, color madera, y lo que había dentro era en gran parte su padre, mezclado ya con las cenizas de otros muertos. Se lo dijo una mujer que esperaba en la misma cola con tres urnas pequeñas y que apenas podía hablar sin estallar en llanto. Toño pensó que al menos así su viejo no estaría tan solo. Y que ojalá todos hubieran sido hinchas del Cristal. Puso la urna encima del televisor, y ahí se quedó.

Toño tenía cuarenta y cinco años. Después de su divorcio, en 2018, se había mudado al departamento de su padre en el Rímac, y el viejo le devolvió el cuarto donde había dormido de niño. El departamento era el C del número 685 de la avenida Tarapacá: un tercer piso con una ventana enrejada que daba a la pista. En marzo, cuando empezó todo, eran dos hombres solos en un departamento, viendo noticias, contando muertos en la televisión, peleando por el control remoto. En agosto era un hombre solo que ya no contaba los días. Contaba las botellas.

El alcohol le aligeraba un poco la tristeza, pero no era eso lo que buscaba. Necesitaba una alegría. Y no había fútbol. No había nada. Solo un país encerrado, una ciudad que se moría en los hospitales boqueando por un poco de oxígeno que el Estado no podía darle, un presidente que daba cifras al mediodía, y un hombre de cuarenta y cinco años que se tomaba la última Cristal heladita mirando a su padre y sus amigos en una caja de cartón sobre un televisor apagado.

*

Encontró la caja buscando el pisco.

Kike había escondido siempre una botella de pisco en algún lugar de la casa, desde que la madre de Toño vivía y le contaba los tragos, y la costumbre le había sobrevivido a ella veinte años. Una madrugada de agosto, con la refrigeradora vacía y los vecinos dormidos, Toño empezó a buscarla con la obstinación de los borrachos. Al final se subió a una silla y metió la mano en lo alto del ropero de Kike, entre frazadas que olían a naftalina y a algo que todavía era su padre, y tocó una caja de cartón.

No era el pisco. Era una caja de zapatos Bata, vieja, con la tapa sujeta por dos ligas. Adentro había nueve cintas de VHS, paradas en fila como libros. En el lomo de cada una, con la letra Palmer de su viejo, la misma letra de las listas del mercado y de las tarjetas de cumpleaños, decía COPA 97, y debajo los rivales y las fechas, y arriba un número grande encerrado en un círculo, del 1 al 9, para que nadie las desordenara. En la tapa de la caja, en mayúsculas y subrayado dos veces, su papá había escrito: NO GRABAR ENCIMA. Y al fondo, envuelto en una bolsa de plástico, había un casete de audio con la carátula fotocopiada en blanco y negro que rezaba: LA FUERZA VENCEDORA. Toño lo reconoció antes de leerlo. Era el casete pirata con las canciones del Sporting Cristal que su padre le compró a un ambulante en la puerta del Estadio Nacional en 1997, y que los dos pusieron tantas veces en la radiograbadora Aiwa de la sala cada fin de semana que había fútbol.

Toño se quedó sentado en el suelo del cuarto, con la caja en las rodillas, en silencio, durante un buen rato. Se acordaba. Claro que se acordaba. En 1997 tenía veintidós años y estudiaba contabilidad en un instituto de la avenida Arequipa sin ningún entusiasmo, y aquel año Cristal, el Cristal de Sergio Markarián, se metió en la Copa Libertadores. Su padre grababa todos los partidos en la videocasetera Panasonic que había comprado en Hiraoka, la de cuatro cabezales, y Toño se burlaba de él. «Para qué grabas, viejo, si ya lo estamos viendo». Y su padre, sin quitar los ojos de la pantalla, el dedo listo sobre el botón de REC para cortar las propagandas, le contestaba siempre lo mismo: «Porque algún día vamos a querer volver a verlo».

La Panasonic seguía en el mueble del televisor, debajo de la urna, conectada a un cable que nadie había desenchufado en veinte años. Esa madrugada sopló el polvo de la ranura, metió la cinta número 1, prendió el televisor y se sentó en el sofá de su padre. La máquina tosió, zumbó, la imagen tembló con unas rayas horizontales que subían y bajaban, y de pronto, en medio de la nieve, apareció el verde de una cancha, y una tribuna llena, y la voz del narrador que hablaba de un clásico. Era el 19 de febrero de 1997. Toño se echó a llorar antes de que empezara el partido.

*

Toño vio el partido entero con la boca abierta, reconociendo a los jugadores uno por uno como se reconoce a los parientes en una foto antigua. Ahí estaba Balerio, el uruguayo, en el arco. Ahí estaba Jorge Soto, flaco, joven, con pelo. Ahí estaba el Ñol Solano, antes de Boca, antes de Inglaterra, antes de ser el Ñol Solano. Y ahí estaba Julinho, el bahiano, con la camiseta por fuera y esa forma de correr como si la cancha estuviera en bajada solo para él. Al final se tomó de un trago la Cristal que había abierto al principio.

En la misma cinta, después de un aviso de Ña Pancha que su padre no alcanzó a cortar y que Toño se sabía de memoria sin haberlo oído desde entonces, venía Cruzeiro en el Nacional, el 28 de febrero. Ahí gritó el primer gol, que fue de Julinho. Lo gritó sentado, por pudor, con los puños cerrados, y después se quedó escuchando el silencio del edificio, avergonzado, como si lo hubieran pescado haciendo algo indecente. Nadie se quejó. Eran las cuatro de la mañana.

Sacó la cinta 1, la guardó en su estuche con cuidado, en su sitio, como si alguien fuera a revisar, y metió la 2, y la campaña de grupos le pasó por encima como una fiebre: el uno a cero a Grêmio en Lima, el empate con Alianza, otra vez con gol de Julinho. Para entonces, Toño ya gritaba de pie.

La cinta 3 tenía, debajo de las fechas, una línea que su padre había agregado con otro lapicero: «Brasil. Mejor no verla». Toño la vio igual: las dos derrotas. Le mentó la madre al árbitro, a Markarián, a Brasil entero, con todas sus letras. Cristal clasificó tercero, raspando, y cuando el narrador lo confirmó Toño levantó los brazos hacia el techo y dijo «¡Gracias, viejo!», sin saber si se lo decía a Dios o a su padre.

Ya no quedaban cervezas. Abrió la botella de ron Cartavio Black que Kike guardaba para fechas especiales y que no abrieron en el último cumpleaños del viejo, el 30 de abril, que pasaron los dos solos comiendo papa a la huancaína frente al noticiero. Mientras la Panasonic rebobinaba, sacó la vieja Aiwa, que había terminado en el fondo del ropero, le sopló el polvo, la enchufó y metió el casete pirata. La cinta arrancó lenta, y Toño se quedó un segundo sin respirar, y después empezó a cantar. Se las sabía todas. Las cantó de pie en la mitad de la sala, con el vaso de ron en alto, con la voz rota y desafinada, como las cantaba en la tribuna de occidente del Nacional en 1997, al lado de su viejo, que nunca cantaba, pero movía los labios.

*

La señora Olguita, del segundo piso, fue la primera en preocuparse. Escribió en el grupo de WhatsApp del edificio, que se llamaba «Vecinos Tarapacá 685» y que hasta entonces solo servía para avisar del camión de la basura y para pelear por el agua:

«Vecinos alguien ha escuchado gritos en el C????? Desde anoche. Como de gol»

Y un minuto después: «O será el veneco del cuarto piso, que siempre llega a cualquier hora».

Valkylmer Pereira, el venezolano del cuarto piso, que trabajaba de repartidor, contestó: «Señora, yo estoy en el grupo». Después, sin rencor, escribió: «Yo también escuché. Grita GOL y luego llora. Será que está bien el señor?».

Nadie supo qué contestar. Alguien mandó el sticker de un perrito rezando. Una hora después, la señora Olguita volvió a escribir:

«Ahora está cantando».

*

La cinta 4 era Vélez, los octavos de final. El de ida, en Lima, había sido un cero a cero de dientes apretados, y Toño lo vio con el estómago revuelto, tomando el ron con Coca-Cola primero y sin Coca-Cola después, porque la Coca-Cola se había acabado. Pero la vuelta, en Liniers, con los argentinos cantando en la tribuna como cantan los argentinos, la vuelta fue otra cosa. Cuando Jorge Soto metió el gol, a cuatro minutos del final, el único gol de la llave, Toño no gritó sentado. Levantó el volumen del televisor al máximo, se levantó del sofá, cruzó la sala de tres zancadas, se colgó de las rejas de la ventana con las dos manos y gritó hacia la calle vacía un gol que le salió de algún lugar debajo de las costillas, un gol largo, ronco, que rebotó contra las fachadas de la Unidad Vecinal del Rímac y despertó a los perros de toda la cuadra.

En el edificio de enfrente se prendió una luz. Una mujer se asomó a una ventana, en bata, y se quedó mirándolo. Toño le gritó:

—¡Le ganamos a Vélez, señora! ¡En su cancha! ¡En su cancha, carajo!

La mujer cerró la ventana. La luz se apagó.

Abajo pasó un patrullero despacio, sin sirena, con las luces girando. Era hora del toque de queda. A esa hora, desde marzo, por la avenida no pasaba nadie.

*

La cinta 5 empezaba en La Paz, a más de tres mil seiscientos metros, el 21 de mayo, y terminaba en Lima una semana después. La derrota en el altiplano, dos a uno, Toño la lloró. No como se llora una derrota de fútbol, con rabia, sino de otra manera, con un llanto lento y feo que no tenía mucho que ver con Bolívar, ni con la altura. Lloró sentado en el piso de la sala, con la cabeza entre las rodillas, y en algún momento dejó de llorar por el partido y empezó a llorar por su padre, por la doctora del teléfono, por los diecinueve días, por no haberle podido agarrar la mano a su viejo, por haberse burlado de él en 1997 cuando grababa los partidos. Después se lavó la cara, se sirvió el último ron y adelantó la cinta hasta la vuelta.

Tres a cero. Toño gritó los tres goles colgado de las rejas, a las cinco de la mañana. En el grupo de WhatsApp, la señora Olguita pidió que alguien hiciera algo, que ya eran dos días en ese plan, y el señor Jaramillo, del primer piso, jubilado de la Policía, contestó que conocía a Toño desde niño, que estaba de duelo por el papá, que lo dejaran tranquilo. Valkylmer Pereira escribió: «Y quién jugó? Ganó el Cristal?». Y después, un minuto más tarde: «Es que se oye bien bonito cuando grita gol».

*

Toño no supo cuánto tiempo había pasado. Dormía a ratos en el sofá, con el control remoto en el pecho, y se despertaba con el zumbido de la cinta rebobinando. El pisco no apareció nunca. Apareció, en cambio, detrás de las ollas, un botellón de vodka Russkaya que alguien le había regalado alguna Navidad y que su padre, que despreciaba el vodka por comunista, nunca abrió. Toño lo destapó igual.

Y metió la 6: Racing en Avellaneda, la semifinal de ida. El ruido del Cilindro atravesaba el tiempo y se metía en la sala del Rímac como si alguien hubiera abierto una puerta. Cristal perdió tres a dos y Toño lo celebró igual, porque salir vivo del Cilindro perdiendo por un gol era casi ganar, y porque sabía, como lo supo aquella vez, que en Lima iban a ganar. Lo había leído años después, en una entrevista, y nunca se le había olvidado: que en la semana de la semifinal de 1997 había muerto el padre de Julinho. Que jugó igual porque tenía, dijo, un compromiso con la hinchada. Toño se quedó mirando la cinta 7, con la letra de su padre en el lomo —RACING (VUELTA) 30-7-97— y dos palabras más, subrayadas, que no había visto en las otras: LA MEJOR. Después miró hacia el televisor y pensó que él también tenía un compromiso. Que tenía que ver ese partido. Que tenía que verlo por los dos.

Metió la 7. Fue la noche más feliz de su vida, y lo fue dos veces.

Toño estaba de pie desde el pitazo inicial, vodka en mano. Cuando Bonnet metió el primero gritó colgado de las rejas, y cuando volvió a meter otro se sacó el polo y lo revoleó por la ventana, y el polo cayó en la pista vacía, al costado de un poste. Gritó el de Julio Rivera. Gritó el del Ñol, una pelota que se sabía el camino de memoria. Pero lo que más gritó no fue un gol. Fue Julinho por la derecha, encarando a Mac Allister, el lateral de Racing, haciéndole la bicicleta una vez, otra vez, otra vez, dejándolo sentado, levantándolo, volviéndolo a sentar, bailándolo como se baila en una fiesta de Ciudad y Campo a las cuatro de la mañana, con alegría y crueldad. Toño, en la sala, en calzoncillos y descalzo, con la botella de vodka en una mano, intentó hacer la bicicleta de Julinho sobre la alfombra, perdió el equilibrio y cayó sobre la mesa de centro, que se partió por la mitad.

Se quedó en el suelo, entre los vidrios, riéndose. Le sangraba un codo. No le importó. En la pantalla Julinho seguía bailando a Mac Allister, y en el Estadio Nacional, en 1997, cuarenta y tantas mil personas cantaban, y en la sala del Rímac, en 2020, un hombre solo cantaba con ellas las canciones del casete pirata, tirado en el piso, mirando la urna encima del televisor.

—¿Viste, viejo? —le dijo—. ¿Viste lo que le hizo?

El señor Jaramillo subió esa madrugada. Tocó la puerta despacio, con los nudillos, y dijo «Toñito, Toñito, soy yo, Jaramillo, ¿estás bien, hijo?». Toño le abrió con el codo sangrando, sin polo. El señor Jaramillo vio la sala, la mesa partida, las botellas en el piso, la pantalla congelada en la celebración de un gol de otro siglo. No entró. Se quedó en la puerta, con su doble mascarilla de tela, y le dijo que comiera algo, que ahí estaba él para lo que necesitara.

—Clasificamos a la final, don Jaramillo —le dijo Toño, y lo abrazó.

El señor Jaramillo se dejó abrazar. Fue el primer abrazo que alguien le daba en cinco meses.

*

La cinta 8 —la final de ida, en el Nacional, el 6 de agosto— la vio sentado en el suelo, con la espalda contra el sofá, porque ya no se podía tener en pie. El vodka se acababa. Hacía días que no dormía y la sala se le movía en los bordes, como la imagen de la cinta. En algún momento del primer tiempo vio a su padre sentado en el sofá, detrás de él, con su chompa marrón y sus anteojos de lunas gruesas, el dedo índice sobre el botón de REC del control remoto, listo para cortar las propagandas. No se asustó. Le pareció lo más normal del mundo.

—Este árbitro no me gusta —le dijo su padre.

El árbitro era el ecuatoriano Byron Moreno. Toño se rio tanto que se le salieron las lágrimas, porque él sabía lo que su padre no sabía: que ese mismo Byron Moreno iba a robarle un partido a Italia en el Mundial del 2002, y que unos años después lo iban a agarrar en el aeropuerto de Nueva York con varios kilos de heroína pegados al cuerpo. Se lo quiso contar a su padre, pero cuando volteó, el sofá ya estaba vacío.

Cero a cero. Todo se definía en Belo Horizonte.

En el grupo de WhatsApp, la señora Olguita escribió que ya no se oían gritos, que eso era peor, que llevaba horas sin oír nada, ni la tele, ni pasos, ni nada. Valkylmer Pereira escribió que él había tocado la puerta a la vuelta del trabajo y que nadie había contestado. El señor Jaramillo escribió que había que llamar a alguien. Nadie preguntó a quién.

*

Era el 13 de agosto de 2020, aunque Toño ya no sabía qué día era, ni qué mes. Veintitrés años antes, una noche como esa, Cristal había salido a la cancha del Mineirão a jugarse la vida delante de más de cien mil brasileños.

Metió la cinta 9, la última. En el lomo decía FINAL (VUELTA) BELO HORIZONTE 13-8-97, y debajo, con otro plumón, más chiquito: DIOS ES CELESTE.

De esa noche Toño sí se acordaba. Después del gol de Elivélton su padre no apagó la grabación. La dejó correr hasta el final, hasta la vuelta olímpica de los brasileños, sentado en ese mismo sofá, sin decir una palabra. Toño salió a la calle a patear una lata por la avenida Tarapacá y no volvió hasta pasada la medianoche. Su padre seguía en la sala, con la cinta en una mano y un plumón en la otra, escribiendo algo en el lomo. Toño no le preguntó qué. Se fue a dormir sin darle las buenas noches, y no hablaron de fútbol en un mes.

Toño se sirvió un vaso colmado de vodka, y se sentó en el suelo frente al televisor, tan cerca que podía sentir la estática de la pantalla en la cara.

Ahí estaban todos. Toño los nombró en voz alta mientras salían a la cancha, como una oración: Balerio. Marengo. Asteggiano. Rivera. Torres. Solano. Soto. Garay. Bonnet. Amoako. Julinho. Del otro lado, el arquero Dida, inmenso, de brazos largos como remos, y Palhinha, y un técnico que se llamaba Paulo Autuori y que años después iba a dirigir a Cristal, porque el fútbol es así de ingrato y así de generoso. El árbitro era el argentino Javier Castrilli, el sheriff, el que no le perdonaba nada a nadie.

El primer tiempo Toño lo jugó con el cuerpo: se tiró al suelo a cada barrida, cabeceó cada centro, le gritó instrucciones a Markarián. En una llegada de Cristal fue a buscar un centro y se dio con la frente contra la pantalla del televisor, tan fuerte que la urna se movió, se tambaleó en el borde del mueble, y Toño la sostuvo con las dos manos justo antes de que se cayera, y se quedó así, abrazado a ella, el resto del primer tiempo.

En el entretiempo la sala estaba en silencio. La Panasonic zumbaba. Afuera, en el pasillo, se oían pasos, voces, alguien que tocaba la puerta con fuerza, alguien que decía «Señor Toño, señor, es la Policía, abra la puerta por favor». Pero Toño no los oyó. O los oyó como se oye a la gente que habla en la tribuna de al lado: un ruido más del estadio.

Empezó el segundo tiempo.

En el pasillo, el señor Jaramillo le explicaba a un suboficial que el muchacho estaba solo, que el papá se había muerto de COVID, que hacía horas que no contestaba. El suboficial llamó por radio a los bomberos. La señora Olguita rezaba con un rosario de plástico. Desde la escalera llegaron, pesados, los pasos de cuatro bomberos con cascos y mascarillas, y uno de ellos, el más joven, traía una barreta de fierro.

Adentro, Toño estaba de rodillas frente al televisor.

Minuto 65. Tiro libre para Cristal a un paso del área de Cruzeiro. Los brasileños armaban la barrera a empujones, Ñol Solano dejaba la pelota en el pasto, y Toño, que había repasado esa jugada mil veces en veintitrés años, que se la sabía como el padrenuestro, que sabía que el Ñol le iba a pegar con violencia y por abajo, que Dida iba a llegar pero no iba a poder retenerla, que la pelota iba a quedar suelta a dos pasos de la línea, sola, para Julinho, y que Julinho iba a rematar contra el cuerpo del arquero y la pelota se iba a ir al córner como si nada, cerró los ojos rezando porque esta vez fuera diferente. Y entonces Toño, con cuarenta y cinco años encima, de rodillas, con su padre apretado contra el pecho, tomó un trago más y dijo, muy bajito:

—Esta vez sí, papito… Esta vez sí.

El Ñol le pegó. Por abajo, con violencia. Dida llegó y no pudo retenerla. La pelota quedó suelta a dos pasos de la línea, quieta, como esperando.

Y Julinho llegó.

Y la metió.

Gol.

Toño lo vio. Lo vio con una claridad que no había tenido nunca, ni en 1997, ni en ningún sueño: la pelota pasando por debajo del cuerpo de Dida, la red inflándose, el Mineirão callándose de golpe, cien mil brasileños mudos al mismo tiempo, Julinho corriendo hacia el córner con los brazos abiertos y la cara hacia el cielo, hablándole a alguien que estaba arriba, a su padre, a su padre muerto apenas dos semanas antes, y los once de celeste amontonándose encima de él, y Markarián saltando en el banco como un niño.

Toño se levantó y corrió hacia la ventana con su padre bajo el brazo, y se colgó de las rejas con la mano libre, y gritó. Fue el gol más largo de su vida. El que había tenido guardado en la garganta durante veintitrés años, el gol de su padre y de Julinho y del padre de Julinho. Le salió desde los pies. Le rajó la garganta. Rebotó contra las fachadas de la avenida Tarapacá, contra los blocks de la Unidad Vecinal, cruzó el parque del Avión, todo Alcázar, prolongación Tacna, la Alameda de los Descalzos, subió hasta el cerro San Cristóbal, y Toño siguió gritando, aunque ya no le quedaba aire, aunque ya no le quedaba voz, porque ya no le quedaba nada.

Y en ese preciso instante la puerta del departamento reventó.

*

Entraron. Eran muchos. Venían corriendo, desesperados, con las caras tapadas, y Toño entendió en el acto quiénes eran. Eran los hinchas del Sporting Cristal que habían escuchado el gol desde la calle y habían subido a celebrarlo con él, porque un gol así hay que gritarlo abrazado a alguien. Traían cascos y mascarillas, como los barristas del Extremo Celeste cuando se tapan la cara para cantar. Uno traía un fierro largo en la mano.

—¡Tranquilo, señor! ¡Tranquilo!

No, pensó Toño. Tranquilo no. Cómo vas a estar tranquilo, huevón. Somos campeones.

Lo agarraron entre cuatro. Lo levantaron en peso. Toño sintió las manos en la espalda, en las piernas, en los hombros, manos fuertes y cuidadosas, y se dejó llevar como se dejan llevar los jugadores después de una final, con la cabeza echada hacia atrás. Alguien intentó quitarle la urna y Toño no la soltó, y quien fuera la dejó donde estaba, contra su pecho. Lo sacaron por la puerta rota. En el pasillo había más gente. La señora Olguita lloraba con la mano en la boca. El señor Jaramillo le decía algo que Toño no alcanzaba a oír por encima del canto, porque todos cantaban, ¿no oían?, el edificio entero cantaba “Este es Sporting Cristal / Cristaaaaaal Cristaaaaal…”, y luego todas las canciones del casete pirata, las de 1997, las que él se sabía de memoria. Valkylmer Pereira, el venezolano, lo iluminaba con su celular como se ilumina a los ídolos en los estadios de noche.

Lo bajaron por la escalera, despacio, piso por piso, y en cada piso se abrían las puertas y se asomaban los vecinos, con mascarillas, en pijama, y Toño los saludaba desde lo alto, desde los hombros de los hinchas, como saludan los campeones. Uno de los que lo cargaban llevaba encima del uniforme una bata de hospital de color celeste, y Toño pensó: Hasta los médicos son de Cristal esta noche, carajo. Hasta los médicos. Qué lindo es el Perú.

*

Arriba, en el departamento vacío, con la puerta colgando de una bisagra y el piso lleno de vidrios, la Panasonic seguía funcionando.

En la pantalla, en el Mineirão, el partido seguía cero a cero, pero nadie lo veía.

En el minuto 75 Cruzeiro tuvo un córner. La defensa de Cristal rechazó como pudo, la pelota le cayó a un brasileño llamado Elivélton y él le pegó de derecha, desde media distancia, sin pensarlo. Balerio, que había mantenido su valla invicta en siete partidos de esa Copa, llegó a tocarla y no pudo contenerla. La pelota entró. Cien mil brasileños se levantaron al mismo tiempo. Los once de celeste se quedaron parados en la cancha, con las manos en la cintura, mirando el césped.

Nadie lo vio. Nadie lo lloró. En el departamento del Rímac no había nadie, solo una mesa partida, unas botellas vacías, una caja de zapatos con nueve cintas y una ventana abierta por donde entraba el murmullo de la calle.

Cuando terminó el partido, cuando Castrilli pitó y Cruzeiro levantó la copa y el narrador dijo lo que tenía que decir, la cinta llegó a su final, y la vieja Panasonic de cuatro cabezales hizo lo que hacían esas máquinas viejas cuando se les acababa la cinta: se rebobinó sola. La oyeron desde el pasillo los que se habían quedado, un zumbido largo, paciente, que duró algunos minutos. La cinta volvía. Volvía al minuto 75, al 65, al entretiempo, al pitazo inicial. Volvía al principio de todo, a una noche de agosto de 1997 en la que todavía no había pasado nada, en la que todavía se podía ganar, en la que un hombre con anteojos de lunas gruesas tenía el dedo sobre el botón de REC y le decía a su hijo que algún día iban a querer volver a verlo, juntos.

*

Antes, cuando arriba el partido todavía iba cero a cero, Toño llegó a la calle en andas, sostenido por los bomberos y la policía.

Abajo había una ambulancia con las puertas abiertas y un patrullero con las luces girando, rojas y azules, y para Toño eran bengalas. Había vecinos en todas las ventanas de la avenida Tarapacá, y alguien, sin saber muy bien por qué, empezó a aplaudir, y todos los demás vecinos estallaron en aplausos, y Toño supo que lo aplaudían a él, que aplaudían el gol, que aplaudían a Cristal campeón de América.

Las manos de los bomberos lo llevaban hacia la ambulancia, despacio, con cuidado, como se lleva algo que se puede romper, y Toño, en lo alto, con la urna de su padre apretada contra el pecho, iba boca arriba, bajo una lluvia de pica-pica, y por primera vez en cinco meses vio el cielo.

Era agosto en Lima. Era de noche. Cualquiera que hubiera mirado hacia arriba habría visto lo que se ve siempre en Lima en agosto: un cielo que no es de nadie.

Pero Toño no vio eso.

Toño vio el cielo celeste. Celeste como la bata del médico, celeste como el primer polo que su padre le había comprado a los cinco años en el mercado Ventura Rossi. Un cielo limpio, infinito, abierto sobre el barrio, sobre el río, sobre la ciudad. Lo vio con los ojos muy abiertos, mientras las manos lo llevaban cargado, y no dejó de mirarlo ni cuando lo subieron a la ambulancia ni cuando cerraron las puertas ni cuando arrancó la sirena, que era un canto. El canto más lindo que había escuchado en su vida.

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Gabriel Rimachi Sialer (Lima - Perú, 1974). Escritor, periodista y arqueólogo peruano, es autor de los libros Canto en el infierno (2001); El color del camaleón (2005); El cazador de dinosaurios (2009); La increíble historia del Capitán Ostra (2020); Historias extraordinarias (2020), la novela La casa de los vientos (2022), Todos los muertos de mi felicidad (2026), y Para esto hemos venido (2026). Como editor ha preparado las antologías clásicas 17 fantásticos cuentos peruanos Vol. I (2008); y Vol. II (2012). Ha formado parte de antologías peruanas y extranjeras. En 2010 obtuvo la Beca de Residencia Literaria del Gran Ducado de Luxemburgo. En 2013 fue considerado por el crítico e investigador Ricardo González Vigil en la antología nacional El cuento peruano 2001-2010, editado por Ediciones Copé de Petroperú. Actualmente dirige el portal literario Libros que arden, dedicado a la difusión del libro y la promoción de la lectura en todo el país.