Lolita: el escándalo que se volvió clásico

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Escribe Gabriel Rimachi Sialer

Pocas novelas han sido tan discutidas por gente que nunca las leyó, y Lolita encabeza la lista. El habla común convirtió el nombre de la protagonista en sinónimo de muchacha seductora, y también de prostituta, cuando en el libro Dolores Haze es una niña de doce años víctima de un hombre que la retiene durante dos años de carretera y moteles. Esa confusión dice mucho de la novela de Vladimir Nabokov: su narrador es tan persuasivo que consiguió contaminar el idioma fuera del libro. Setenta años después de su publicación, el malentendido sigue en pie. La obra, también.

Nabokov terminó el manuscrito en diciembre de 1953, después de cinco años que él mismo describió como de dudas monstruosas. Enseñaba en Cornell y temía perder el puesto, así que pensaba firmar con seudónimo. Ni siquiera llegó a ese punto: Viking, Simon & Schuster, New Directions, Farrar, Straus y Doubleday rechazaron el libro.

Su agente en Europa lo llevó a París, donde Maurice Girodias dirigía Olympia Press, un sello que alternaba a Samuel Beckett y Henry Miller con novelitas eróticas para turistas. Nabokov no conocía ese catálogo y años después se quejaría de haber sido engañado. En septiembre de 1955 salieron 5.000 ejemplares en inglés, en dos tomos de tapas verdes. Los compraban, sobre todo, viajeros británicos. La crítica ni se enteró.

Todo cambió en diciembre. Graham Greene, consultado por The Sunday Times, la eligió entre los tres mejores libros del año. John Gordon, director del Sunday Express, la compró por curiosidad y la llamó «el libro más sucio» que había leído. La pelea entre ambos fue la mejor publicidad imaginable. El Ministerio del Interior británico ordenó decomisar cada ejemplar que entrara al país y presionó a Francia, que en diciembre de 1956 prohibió la novela durante casi dos años.

La edición estadounidense apareció el 18 de agosto de 1958, con el sello Putnam. Fue el primer libro desde Lo que el viento se llevó en vender 100.000 ejemplares en sus tres primeras semanas. Un mes después, la biblioteca pública de Cincinnati lo retiró de sus estantes. En el Reino Unido lo publicó Weidenfeld & Nicolson en 1959, desafiando la ley, y el escándalo contribuyó a hundir la carrera política de uno de los socios, Nigel Nicolson. Australia, Bélgica y Birmania, entre otros países, también lo prohibieron.

Al español llegó por Buenos Aires. En abril de 1959, Sur, la editorial de Victoria Ocampo, publicó la traducción de Enrique Pezzoni, firmada con el seudónimo de Enrique Tejedor. La Municipalidad porteña declaró inmoral el libro y mandó requisar los ejemplares. Sur respondió con más de treinta páginas de su revista dedicadas al «caso Lolita» y llevó el pleito hasta la Corte Suprema, que en 1963 respaldó la censura. La reedición de 1961 llevaba en la solapa una advertencia insólita: prohibida su venta en el municipio de Buenos Aires. Aun así, esa versión fue durante décadas la puerta por la que el lector hispano entró al mundo de Nabokov; después la reeditaron Grijalbo y Anagrama.

Lo que hace grande a Lolita no es el tema, sino la manera de contarlo. Nabokov, que se formó como novelista en ruso, armó en inglés una prosa de juegos verbales, aliteraciones y guiños cultos que él mismo definió como el registro de su romance con la lengua inglesa. Y la puso en boca de Humbert Humbert, un pedófilo refinado y encantador. Ahí está la trampa: el lector se deja llevar por la música de la voz y, cuando advierte de qué está siendo cómplice, ya es tarde. Pocas novelas enseñaron con tanta eficacia que un narrador puede mentirnos con elegancia, y que leer bien es, a veces, leer contra quien habla.

Es, además, un retrato de Estados Unidos en carretera, con sus moteles y sus anuncios, hecho por un exiliado con ojo de entomólogo. En 1998, la Modern Library la colocó cuarta entre las cien mejores novelas en inglés del siglo XX. Stanley Kubrick la llevó al cine en 1962, y de la promoción de esa película, no del libro, salieron los célebres anteojos en forma de corazón. Décadas después, Azar Nafisi la leyó en secreto con sus alumnas en Irán, y de esa experiencia nació Leer Lolita en Teherán (2003).

En los tiempos que corren, algunas lectoras rescatan a Dolores como lo que siempre fue: una niña a la que nadie escuchó. Nabokov aseguró que su libro no arrastraba ninguna moraleja. Puede ser. Pero dejó una advertencia que no ha envejecido: una voz hermosa no absuelve a quien la usa.

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Gabriel Rimachi Sialer (Lima - Perú, 1974). Escritor, periodista y arqueólogo peruano, es autor de los libros Canto en el infierno (2001); El color del camaleón (2005); El cazador de dinosaurios (2009); La increíble historia del Capitán Ostra (2020); Historias extraordinarias (2020), la novela La casa de los vientos (2022), Todos los muertos de mi felicidad (2026), y Para esto hemos venido (2026). Como editor ha preparado las antologías clásicas 17 fantásticos cuentos peruanos Vol. I (2008); y Vol. II (2012). Ha formado parte de antologías peruanas y extranjeras. En 2010 obtuvo la Beca de Residencia Literaria del Gran Ducado de Luxemburgo. En 2013 fue considerado por el crítico e investigador Ricardo González Vigil en la antología nacional El cuento peruano 2001-2010, editado por Ediciones Copé de Petroperú. Actualmente dirige el portal literario Libros que arden, dedicado a la difusión del libro y la promoción de la lectura en todo el país.