Escribe Luis Eduardo García
Integrante de la llamada Generación del 50 y cultor de una vertiente popular de la poesía, Juan Gonzalo Rose pertenece a la estirpe de los poetas cuyos textos —gracias a la sabia y sutil sencillez de su concepción y a la universalidad de sus recursos afectivos— establecen de inmediato vínculos perdurables con el lector.
A Juan Gonzalo Rose me une la misma clase de sentimientos que me unen al portugués Fernando Pessoa: admiración, identificación y pasión por los versos que escribió.
Buscando a Juan Gonzalo
El autor de Cantos desde lejos no fue el primero ni el único poeta que leí en mi adolescencia, pero sí el que sentí más afín a mi sensibilidad. Quizás fue por su sencillez, por su forma de poetizar los sentimientos ordinarios y por su cercanía a la música.
Lo leí por primera vez de manera orgánica en el famoso librito que le editó el Instituto Nacional de Cultura en 1974, un tomito blanco que tiene en la portada una pirámide y centro de esta un detalle del Guernica de Picasso. Yo era por aquellos años un tímido lector que andaba siempre en busca de libros que le abrieran los ojos y lo conmovieran, y ese fue un libro que en cierto modo me cambió la vida.
Era el verano del 1983, un poco antes de que las lluvias del Niño causaron estragos en el Norte del Perú. Yo esperaba el bus que me iba a traer a Trujillo en la Plaza de Armas de Piura. Aburrido, iba de un lado a otro de la plaza, hasta que decidí hacer una excursión más larga.
Tomé la avenida Grau y me detuve en la librería Ubillús. Entré. No disponía de mucho dinero, pero algo me podía permitir con lo que llevaba en mis bolsillos. Miré con displicencia hasta que algo brilló en la oscuridad. Como El Aleph de Borges, el libro surgió del fondo de las estanterías y atrajo mi mirada. Su pequeña portada destacaba en el espacio mal iluminado: Obra poética. Juan Gonzalo Rose.
El precio me desanimaba (cuatrocientos cincuenta soles), pero mis deseos podían más. Pedí a uno de los dependientes ver el libro. Me lo alcanzó con cierta desconfianza y rápido indagué en sus entrañas. De pasada, como quien siente que el bus está a punto de dejarlo, leí unos versos que me paralizaron: “Tengo en el alma una baranda en sombras. / A ella diariamente me asomo, matutino, / a preguntar si no ha llegado carta;/ y cuántas veces/ la tristeza celebra con mi rostro/ sus óperas de nada”. Yo había leído no sé en qué antología aquello de: “Al paredón el mismo paredón/ si no quiere servirnos de testigo. // Mi propia poesía al paredón: si no quiere cantar lo que le digo”. Era el Rose político, pero el de Las cartas secuestradas sí que era otra cosa. Compré el libro sin ningún remordimiento.
Con ese libro en mano anduve casi todos los 80 en Trujillo. Un día mi amigo Domingo Varas Loli, devoto de Pablo Neruda, me propuso un duelo: él leería poemas del Nobel chileno y yo los de Juan Gonzalo Rose. El lugar: el rompeolas de Salaverry. La idea era ver quién lograba acallar el ruido del mar con su fuerza poética. Contra todo pronóstico ganó de lejos el segundo. La ternura de Rose tenía —y tiene—, sin duda, la fuerza de un huracán, de uno que se desplaza sigilosamente por dentro de nosotros. Demás está decir que una botella de vino redondeó con el sello de la euforia nuestro aturdimiento ante semejante poesía. De este modo fue también como introdujimos a este autor en el canon de Tierra Firme (así se llamaba el grupo poético con el que, ilusos, queríamos refundar el mundo).
Ese libro de Juan Gonzalo me acompañó durante veinte años, hasta que lo perdí por esas decisiones locas que uno toma en la vida y que después nos llenan de remordimientos.

Simple canción
Rose consideraba en cierta forma a la poesía como una ‘simple canción’ (creada para ser cantada ates que para ser leída). Siempre lo sentí así, lo cual no era un demérito, sino una virtud. En un mundo donde la poesía parecía estar divorciada del gran público y los poetas se volvían cada vez más crípticos que elocuentes, Rose era para mí la transparencia, la ternura a borbotones a través de la cual la poesía lograba adherirse al alma de los lectores.
Hay versos que para ser sentidos y comprendidos requieren de las notas al pie de página de filólogos y exégetas. Muchos de los poemas de César Vallejo, por ejemplo, se iluminan con pasajes de su biografía o con ciertas lecturas que hizo en su tiempo. Otros textos no demandan tal esfuerzo: conectan directamente con el lector gracias a la sencillez y autonomía de sus recursos. Rose pertenece a esta clase de creadores.
Hace poco, al leer Tu voz. Antología de poemas y canciones de Juan Gonzalo Rose, volví a sentir lo mismo que sentí en 1983, en el primer contacto que tuve con su obra poética: admiración, ternura, estremecimiento, identificación, todo a la vez. Solo que esta nueva publicación añade algunos otros motivos para quererlo más. El libro incluye las letras para canciones que musicalizó Víctor Merino, así como el facsímil de un libro inédito, el primero que, al parecer, escribió: Cancionero de la paz. Y, sobre todo, contiene versos maravillosos como los de Círculo (musicalizados por Cecilia Bello): “Estoy/ tan triste ahora/ que si alguien se acercase/ me amaría. // Primera noche en el Perú. / Y busco amor. / Como en todas las noches de mi vida” (Retorno).
El sujeto enunciador, quien regresa, presumimos de un viaje largo, está inmerso es dos estados emocionales que, de tan extremos, lo vuelven objeto de amor y compasión: la suavidad —la fragilidad— y la tristeza. En la primera y tercera estrofa, expone su condición de desamparo y lo que podría acontecer (lo que espera) si alguien se reclina sobre su alma o se acerca hasta donde está. En la segunda estrofa, en cambio, presenta el paisaje físico y emocional que lo rodea: el silencio de los cielos y las músicas del mar (que se escuchan lejanas e intuimos inalcanzables y dolorosas), acentuados por la nostalgia de las antiguas conversaciones alrededor del fuego. Es, no obstante, en la última estrofa donde se revela el verdadero objeto de sus deseos: buscar amor, como en todas las noches de su vida. El poema nos toca rápido y directo y sentimos también la necesidad imperiosa de que nos amen como a él.
Quizás sirva como un dato adicional para la interpretación del poema, que Juan Gonzalo Rose era un poeta del exilio: del físico y del interior. El primero lo padeció en los años cincuenta, cuando fue desterrado a México por la dictadura de Odría como consecuencia de sus actividades políticas opuestas a ese régimen; y el segundo lo llevó toda la vida consigo. El alcoholismo, la homosexualidad no declarada y su incapacidad para afrontar las rutinas de la vida acentuaron su infelicidad y lo empujaron a refugiarse en la autodestrucción y la búsqueda del amor imposible.
Los poemas de Juan Gonzalo Rose son llanos, carentes de efectismo y solemnidad y por momentos parecen concebidos como si fuesen letras de canciones. Nunca son, sin embargo, sentimentales ni incurren en excesos exclamativos o estilísticos. Van directo a la emoción del lector y aunque se refieren a temas viejos y recurrentes siempre parecen decirnos cosas novedosas y delicadas en las que nos vemos representados.
Fino humor
Pero además de un gran poeta, Rose hacía poesía con el humor. Detrás de esa imagen de infortunio, incomprensión e intimismo destructivo había, sin embargo, otro ser, más edificante digamos, un tierno e ingenioso personaje, dueño de un humor divertido y muchas veces demoledor.
Se cuenta que, en cierta ocasión, Haya de la Torre lo increpó diciéndole: “Recuerde que usted fue aprista”, y Rose, con finísima ironía, le respondió: “Y usted también”.
En otra ocasión, algunos amigos, preocupados por el despeñadero al que lo conducía su dipsomanía, le aconsejaron que visitara una institución de alcohólicos anónimos. Rose, sereno e interesado, preguntó inmediatamente por el horario de atención. Como ya era entrada la noche, consultó su reloj y dijo con implacable ironía: “Ya es muy tarde”.
César Lévano contaba que cierta vez un amigo poeta fue a la casa de Juan Gonzalo, pero como este no estaba le deslizó una nota por debajo de la puerta, donde decía: «Te espero mañana en mi casa para intercambiar ideas». El ausente llegó en la madrugada y apenas leyó el mensaje corrió a casa del otro para dejarle la respuesta: «No me esperes, porque saldré perdiendo».
Un hombre con este humor solo podía haber escrito poemas muy delicados y compasivos, casi sin parangón en nuestra literatura. Yo lo sigo leyendo por temporadas y a intervalos. Juan Gonzalo Rose era un hombre predestinado para la poesía, no a la manera de Rilke, quien se consideraba un artista en el sentido puro: vivir solo para escribir su obra, sino en el sentido de ser una especie de vehículo, de instrumento para comunicar estados emocionales superiores: «Ya estoy purificado, Poesía. / Ya podemos mirarnos a los ojos/ como en la tarde de la luz aquella:/ yo jugaba la ronda entre chiquillos, / y tus manos temblando, me eligieron».
