La herida infinita

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Por Hernán Vera Álvarez

Con motivo de un nuevo ciclo del taller de escritura creativa que coordino en Estados Unidos, decidí que los alumnos leyeran Los cachorros (1967). El rango de edad de los asistentes oscila entre los veintitantos y llega a los setenta años. La misma elasticidad se traslada a las nacionalidades: los hay estadounidenses como venezolanos, argentinos, costarricenses, cubanos, chilenos… Sin orden de jerarquía, deseaba subrayar los motivos de la elección: Mario Vargas Llosa escribió mucho (tal vez demasiado en las últimas dos décadas) a la vez que novelas de éxito económico y prestigio justificados han ensombrecido un texto que tiene un mecanismo narrativo perfecto.

Roberto Bolaño, que como Borges no era propenso al elogio de autores latinoamericanos, señalaba con admiración la velocidad y musicalidad del libro. Y agregaba: “este ejercicio magistral le sirve a Vargas Llosa de ensayo para la que poco después sería una de sus grandes novelas y una de las mejores escritas en español del siglo XX: Conversación en La Catedral (publicada en 1969), cuya forma, original y arriesgada, guarda más de un parecido con Los cachorros”.

La velocidad y musicalidad que señalaba el escritor chileno son alimentadas por una voz colectiva coloquial donde la primera persona del plural, ese “Nosotros” tan público, se mezcla sucesivamente con un “Ellos”. La utilización de los diálogos en un estilo indirecto libre como de onomatopeyas se bifurca en una secuencia infinita sobre la historia. Vargas Llosa no se entromete, sólo deja actuar su oído absoluto.   

El argumento de Los cachorros es despiadado. El protagonista, Pichula Cuéllar, a los pocos meses de entrar en el colegio religioso Champagnat ubicado en Miraflores, es castrado por un perro (llamativamente de nombre Judas). En el prólogo de la obra, Vargas Llosa expone el nervio vivo del texto: “Hice por lo menos una docena de versiones de la historia, que nunca salía. Me rondaba la cabeza desde que leí, en un diario, que un perro había emasculado a un recién nacido, en un pueblecito de los Andes. Desde entonces, soñaba con un relato sobre esa curiosa herida que, a diferencia de las otras, el tiempo iría abriendo en vez de cerrar”.

La metástasis cruel llega a la gente que rodea a Pichula Cuéllar. De esta manera, el escritor impone una crónica de época, la sociedad burguesa peruana de los años ’50. Primero se encarga de los mayores (especialmente los padres del protagonista) para luego ahondar en los compañeros del colegio. Cada uno de ellos (Lalo, Chingolo, Mañuco y Choto) son satélites que giran en torno a un planeta llamado Miraflores. El autor va ampliando lentamente el tema de estudio.

Conversación en La Catedral abre con una pregunta memorable: “¿En qué momento se había jodido el Perú?”. Los cachorros exhibe sin pruritos algunas explicaciones: el desánimo ante una vida fútil desgarrada por la vergüenza, la violencia, la hipocresía de ciertas instituciones…

Los padres como los maestros simulan que nada grave le ha ocurrido al niño. Sus compañeros hacen bromas anodinas. Sin embargo, él siente que es un juguete roto. La herida de la que hablaba Vargas Llosa se abre en la adolescencia con el desprecio de Cuéllar por el amor bueno; en la primera juventud, el alcohol y la violencia lo penetran.

Con el tiempo, los amigos, dominados por las convenciones sociales, ingresan a la universidad, se casan con una mujer únicamente para formar una familia, entran de lleno en el ciclo de la vida burguesa. Las limitaciones internas de Cuéllar lo colocan en una suerte de limbo. Padece una adolescencia sin edad: termina su vida andando con muchachos mucho más jóvenes, hace de la velocidad de los carros un tema de goce, desprecia todo signo de adultes. 

A los alumnos del taller les gustó el texto. Al principio, algunos confesaron, “costó entrar”. Una vez que comprendieron el juego, no pararon hasta la última línea. Al igual que el disfrute de la historia, todos pensaron que hoy en día, con obras digeribles para lectores débiles de concentración (el teléfono móvil es el cigarrillo del siglo XXI) sería un suicidio que un autor quiera publicar un libro como Los cachorros. También llegaron a la feliz conclusión que Mario Vargas Llosa lo haría de nuevo.

                                                                                Hernán Vera Álvarez

                                                                               Escritor, editor y dibujante

*A los alumnos del taller les gustó el texto. Al principio, algunos confesaron, “costó entrar”. Una vez que comprendieron el juego, no pararon hasta la última línea. Al igual que el disfrute de la historia, todos pensaron que hoy en día, con un mercado editorial complaciente y obras digeribles para lectores débiles de concentración (el teléfono móvil es el cigarrillo del siglo XXI) sería un suicidio que un autor quiera publicar un libro como Los cachorros. También llegaron a la feliz conclusión que Mario Vargas Llosa lo haría de nuevo.

Sería un suicidio para un autor intentar publicar un libro como Los cachorros.


Hernán Vera Álvarez, a veces simplemente Vera (Buenos Aires, 1977) es escritor, dibujante y editor. Realizó estudios de literatura en Florida International University donde actualmente trabaja como profesor. Imparte talleres de escritura creativa en distintas instituciones, entre ellas, el Koubek Center del Miami Dade College. Dentro de su obra destacan los libros La librería del mal salvaje, Los hermosos y Grand Nocturno. Es editor de varias antologías, entre ellas, Vacaciones sin hotel y Don´t cry for me, América.

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