“The Deuce”, la calle en la que alguna vez todos vivimos

admin
Por
13 minutos de lectura

Por J.J. Maldonado

Tras la canónica The Wire, David Simon volvió a hacerlo: un cóctel narrativo de violencia, coralidad, lirismo y condenación que busca alterarnos para siempre. Esta vez otro gran mapeo del bajo (muy bajo) fondo norteamericano, marca de agua de su universo personal. A saber, el comienzo de la industria de la pornografía y el establecimiento de la prostitución en burdel; y el fin –o el réquiem–del proxenetismo a la vieja usanza y de las grabaciones clandestinas del cine para adultos. Para todos, The Deuce. Para Simon, una sinfonía del caos; o, mejor dicho, del sexo; o, de la más triste ilusión.

Estrenada en 2017 por HBO, The Deuce es sin duda una de las grandes series de los últimos diez años transmitidas por antena. Junto a George Pelecanos, habitual compinche de sus correrías creativas, David Simon ha vuelto a elevar el material narrativo de la televisión, o del streaming, a niveles cercanos a la mejor literatura. Su obra, en conjunto, no tiene parangón.      

Esta vez ha recurrido a una elección insólita dentro de su elenco estelar: confiar los papeles centrales a dos actores populares de Hollywood. Nos referimos a James Franco y a Maggie Gyllenhall, quienes alejados del formato película de noventa minutos, se presentan ahora en puro estado de gracia dentro del sistema serializado, alcanzando, quizá, el punto más alto de sus carreras. A estos los acompañan otros rostros conocidos como Margarita Levieva, Ralph Macchio y Mustafa Shakir, además de los actores fetiche de Simon, aquellos que ya hemos visto desfilar tanto en The Wire como en Treme.     

¿De que va The Deuce? Ambientada a inicios de los años 70, la serienarra el momento fundacional de la industria porno en Estados Unidos y la caída del proxenetismo callejero, centrándose en los bajos fondos de Nueva York, específicamente el Times Square, esa vieja intersección de avenidas en Manhattan, que antaño fuera conocida como The Deuce, bastión de la prostitución callejera, la chulería y el cine porno. Dentro de este ecosistema se narra la vida de un puñado de personajes que se cruzan entre sí y en los que destacan prostitutas, proxenetas, mafiosillos, productores porno, actrices, policías corruptos, empresarios de los bajos fondos, dueños de bares y administradores de prostíbulos.

Como es habitual en la narrativa de Simon, en The Deuce destaca un exacerbado realismo que –desde su forma mnémica– nos muestra un uso minucioso de la ejemplificación, en donde se puede apreciar una reproducción fiel y muy apegada a los detalles de la realidad, exponiendo así perfiles diversos del tema (la industria sexual), personajes, situaciones, ideologías y lugares mediante la objetiva mirada del reportaje o de la crónica. Y, sin embargo, como bien apuntó Fredric James en Realism and Utopia in The Wire, la serie también evidencia una fracturación de ese realismo mnémico, no en un sentido formal, pero sí en un plano ideológico y estético muy adaptado a las particularidades de nuestro tiempo. De ahí que este realismo se vuelva utópico, inaprensible, postmoderno.  

A través de este estilo narrativo, Simon puede demostrarnos un testimonio de época bastante verosímil, crudo y sin ambages, acercándose por momentos al estado pesadillesco, en donde los niveles de realidad se confunden y parasitan. Una referencia inmediata podría ser Taxi Driver de Scorsese, no solo por el decorado y el tono narrativo, sino también por la misma búsqueda formal.    

Al igual que The Wire, en The Deuce la historia se narra desde un punto de vista coral. La inspección a la industria sexual de los años 70 en Estados Unidos es revisada a partir de diversos ángulos y biografías que podrían dividirse en los universos del proxenetismo, la pornografía, la prostitución, las drogas y los garitos eróticos. Cada una de estas variables va desarrollándose a sí misma y, poco a poco, se vincula la una con la otra para formar un gran todo.

Bajo esta consigna el espectador puede entender cómo la industria pornográfica norteamericana empezó contratando prostitutas callejeras que, a su vez, eran explotadas por proxenetas que fueron perdiendo el control sobre ellas al volverse famosas o al desarrollarse en las calles –a causa de incontables batidas policiales– el negocio del burdel. Pero también podemos apreciar cómo algunas actrices porno venidas a menos terminaron dentro de garitos eróticos en donde, en vez de pagar por ver una película, se podía ver un show sexual en vivo a través de biombos o agujeros parecidos a un Aleph. Todo esto, desde luego, rodeado por el comercio de drogas, las mafias italianas, la corrupción policial y el machismo frenético de la época.    

A través de todas estas partes, David Simon establece una totalidad, ya que capítulo a capítulo se encarga de narrar cada componente de ese universo por más pequeño e insignificante, o por más grande y determinante que sea. De este modo, se mapea todo un inmobiliario de gente que aparece y desaparece, exhibiendo siempre su registro ideológico, social y humano. Prostitutas retiradas y evangelizadas; proxenetas redimidos y convertidos en actores triple equis; productores porno con aspiraciones artísticas; actrices de indecible ralea; policías enamorados de mujerzuelas; negros asesinos; policías justicieros; feministas; conservadores; sicarios; mafiosos; dueños de bares; camellos, etcétera. Cada uno de ellos recibe su parcela de atención y, a lo largo de la serie, conocemos sus motivaciones, aspiraciones y circunstancias, lo cual nos hace entablar empatía con ellos y sentir el vértigo de la totalidad al sondear esa multitud de espacios y vidas humanas.

El trabajo en la atmosfera es uno de los puntos fuertes de la serie, ya que más allá de explorar los tejemanejes del mercado sexual en Estados Unidos, este se concentra en la calle, es decir, en The Deuce, el protagonista definitivo del relato. De ahí que en cada barrido el espectador puede apreciar una sensación de melancolía que no solo impregna a un espacio, sino también a los personajes. Incluso en la dirección de sonido decidieron dar mayor relevancia a los sonidos de la calle (el ambiental) antes que a pistas de fondo. Así, el ruido del tráfico, la vocinglería de las prostitutas llamando clientes, las sirenas policiales, las risas de unos borrachos, el chasquido de un encendedor o el sonido de un vidrio haciéndose añicos, es lo que prima entre escena y escena.

Hay dos personajes que marcan el ritmo de The Deuce: “Candy” (Maggie Gyllenhall) y Vicent Martino. Empezamos conociendo a “Candy” como una prostituta callejera que se niega a tener chulo. Se considera independiente y es acosada noche a noche por proxenetas que le piden ser parte de su negocio. Ella se burla de las propuestas. Provoca a la calamidad. Pero luego de una violenta golpiza, “Candy” se mete a trabajar como actriz de reparto en una productora porno clandestina y se interesa en el sistema de trabajo; aunque no en el trabajo de la actuación, sino más bien en el de la dirección y producción. Así, poco a poco aprende a manejar una cámara, a escribir guiones y a editar películas para adultos. Su ambición interna será hacer pornografía artística con argumento, con una buena historia que contar. Pero los inversores, las cadenas de cine, los magnates del negocio, en fin, el monstruo capitalista, se lo niega, ya que no hay nada más rentable que hacer películas rápidas y digeribles en “donde el sexo sea el principal protagonista”. Es allí donde empieza su verdadera tragedia.

Por otro lado, Vincent Martino (un insuperable James Franco) es presentado como el amigo de todos. Se mueve con naturalidad en las calles y es confidente tanto de policías, prostitutas, proxenetas y hampones. Junto a su hermano gemelo Frankie (James Franco de nuevo), empiezan a montar negocios fachada para la mafia. Abre un bar que se vuelve famoso en Times Square y es el sitio donde recaen el resto de personajes de la serie a tomarse una copa cada noche. Vincent tiene que sacar constantemente de situaciones comprometidas a su hermano Frankie, quien se pone a traficar con droga, a crear garitos eróticos o a mover dinero a espaldas de la mafia. El conflicto de Vincent será el querer salir del servicio que da a los italianos y tener un negocio limpio y propio, en donde pueda vivir tranquilo y sin meterse con nadie. Esa búsqueda lo llevará a meterse en diversos apuros y a rozar con el límite de sus propios miedos.

Tanto “Candy” como Vincent son los personajes con mayor carga emocional de The Deuce, aunque otros personajes menores empiezan a tomar mayor protagonismo y a ganar phatos a medida que avanzan las temporadas. Es el caso de la prostituta Lori y de su chulo C.C., quizá el tándem más interesante de todo el relato. Los momentos de dramatismo más altos de la serie sin duda se encuentran en las prostitutas, a las que vemos terminar o bien asesinadas, o muertas de sobredosis o, en algunos casos, redimidas como “Candy”.  

Para Simon y Pelecanos lo políticamente correcto dentro de una ficción es un artificio engañoso, forzado e, incluso, falso. Ellos pasan por alto cualquier convencionalismo contemporáneo para mostrar sin eufemismos ni acicalamientos la vida de las prostitutas y de las mujeres sometidas a la industria sexual durante los años 70. Además, como retando un poco a las instituciones feministas o al correctismo, introducen a Abbi, un personaje progresista que durante toda la serie se la pasa pontificando y predicando contra la monogamia, el capitalismo, el machismo, el sometimiento hacia esferas de poder, y, en su acción, crea pequeños círculos revolucionarios de ayuda a prostitutas y frentes contra el proxenetismo y cualquier convenio de intercambio sexual; pero, al final, y casi como cerrando la serie, la vemos convertida en aquello que nunca quiso ser, una capitalista vendida al sistema, una mujer “empoderada” que a través de su celular pregunta sobre los bonos y reclamos de la bolsa, alejada por fin de toda esa mugre que alguna vez conoció como The Deuce.

Estamos pues ante casi treinta horas de la más alta narrativa audiovisual. Si el espectador se considera seguidor del trabajo de David Simon y consumidor de series de televisión, The Deuce no puede faltar dentro de su dietario personal. Hay que verla. Con urgencia. Siempre se saldrá cambiado.


J. J. Maldonado (Lima, 1989). Máster en Escritura Creativa por la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Magíster en Estudios Avanzados de Literatura por la Universidad Internacional de La Rioja, España. Es autor de libros como E-mails con Roberto Bolaño (Seix Barral 2025) y El amor es un perro que ruge desde los abismos (Seix Barral, 2026).

Compartir este artículo