«No hay nada más real que el más allá de la percepción… Esa bestia dispar que debe correr, hacer crecer un mundo nuevo con imágenes insospechadas. Un mundo que agite el mundo. Repulsivo, turbulento a veces. Que se asemeje a un relámpago violáceo penetrando en el aparato reproductor de un animal sin cabeza. Parásitos tétricos y trágicos, de luz y sonido. La personificación del displacer emergiendo de repente de la oquedad bucal de miles de personas que caminan con los ojos cerrados y que solo los abrirán si escapan del sueño profundo. Alejarse de las reflexiones de la ética y de las acciones de la moral: liberarse es olvidar el destino impuesto por las reglas de la dominación, abrirse al deseo y las ganas de sobrevivencia. No hay absolutos universales, hermanos y hermanas, solamente subversiones, revelaciones…»

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David se hallaba desnudo y sentado en la taza de baño con los ojos y la boca bien abiertos, como si no pudiese parar de gritar. Tenía la vista clavada en una pared de viejas mayólicas blancas y de sus fauces se desbordaba un torrente de insectos que no tenía cuándo detenerse. Algunos de ellos eran reconocibles por la forma y la familiaridad de sus cuerpos en los jardines: ninfas de cigarra, escarabajos, arañas cangrejo, orugas de polilla. Otros eran más misteriosos, resumidos en un idioma recién formado que no obstante se desdibujaba en múltiples patas y exoesqueletos húmedos y lustrosos. No sabía qué hacía allí, en esa posición y en esa situación tan irracional, pero el reguero de insectos era continuo y poco a poco cubría el piso del baño y sus pies; poco a poco se elevaba hasta alcanzar sus rodillas cansadas y el miembro laxo. Algunos pulgones y hormigas merodeaban cerca del orificio de su uretra intentando ingresar, lo hacían en masa y por todos los extremos. Envolvían lentamente su cuerpo frígido y David ya no podía ver las viejas mayólicas blancas del baño, tan solo distinguía la intensidad orgánica de las criaturas como si fuese un inacabable y terrible cosquilleo, como si con esa manera unificada y consciente de actuar, esas decenas de millones de insectos agitaran una montaña de granito. Y la montaña de granito, rendida y a su merced, aparentaba ser al mismo tiempo un recipiente muy frágil, un pequeñísimo salero en las manos salvajes de un ser ciclópeo de patas infinitas; una nebulosa de antenas filiformes y geniculadas; una nebulosa de ocelos tubulares y mandíbulas vibratorias escudriñando y succionando su transpiración.

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Lo cierto es que David no era un hombre que avanzara sin cuidado, despreocupado del fin de los tiempos. Le incumbían, desde hacía unas semanas sobre todo, los procesos en torno a la vida y la muerte. Tampoco era un hombre completamente feliz, y sin embargo David encontraba en ocasiones la calma. En los ejercicios de fe de la Congregación, por ejemplo, y en las épocas en que las manifestaciones del número 12 345 no aparecían en una pared descascarada o un portón de metal. Le agradaba la forma en que los toxicómanos lo miraban ansiosos cuando le rogaban que les vendiera una ampolla de Espíritu Santo, arrodillados en el suelo mugriento de un callejón o torcidos en una esquina oscura, como si esos ojos consumidos por el elixir estimulante fuesen una cámara de 16 mm aferrada a un ángulo contrapicado. Su apartamento, alquilado y de una habitación, guardaba pocos muebles y pertenencias: una cama individual con un colchón amarillento y raído, un cajón de madera, tomado de algún contenedor de basura, que servía como escritorio y base de una máquina de escribir despintada, y también una silla de metal donde descansaban algunas camisetas y pantalones que no se preocupaba de colgar en el armario.

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Las siamesas tomaron al toxicómano del cuello y lo lanzaron contra uno de los muros del callejón. Se trataba de un mendigo de no más de treinta años y de voz balbuceante que llevaba una larga cicatriz en una de sus mejillas. Pedía a toda costa que le permitiesen beber un sorbo de Espíritu Santo, solamente un sorbo de la ampolla, y así podría regresar en paz por donde había venido. Vana y Gurke se reían de él, sabían que el pordiosero no tenía dinero para pagarles: «¿Piensas que nos importa lo que deseas, hombrecito?», dijeron encendiendo sus ojos azules, estirando un brazo hacia David para que les alcanzara la vara que le habían dado a guardar. «¿Crees que nos interesa?» Los balbuceos del vagabundo, escurriéndose como agua pringosa, continuaban saliendo de su boca de adicto, hiperactivados por el tartamudeo y la necesidad de quemarse la lengua con el contenido incoloro y ácido de las ampollas. Era ahora Howard quien se reía de él, apoyado sobre el chasis descascarillado de su vehículo y señalándole a David la mutación de las siamesas, cómo Vana y Gurke aumentaban el volumen de sus cuatro brazos a voluntad y se transformaban delante de los neófitos de la Congregación en una especie de carro de combate hecho de carne y de fe.

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Fue Howard quien se convirtió en su enlace iniciático y lo invitó por primera vez a la casa-granja. David nunca había creído en los profetas ni en los salvadores contemporáneos. Los discípulos del Tempo del Pueblo y los davidianos de Koresh le parecían absolutos tontos, débiles mentales que se habían dejado engatusar por depredadores y cicerones de gafas ahumadas. Aquella primera vez, a la entrada de una casa de empeño, solo aceptó la invitación de Howard porque este le había prometido un buen plato de pollo asado y puré. Llevaba años sin ver a su amigo de la infancia, ahora panzudo y menos robusto que antes, y la idea de almorzar algo que no fuese huevos cocidos le pareció conveniente. Howard y él habían sido muy cercanos en los años de la escuela secundaria, cuando David aún no había optado por la errancia ni el antimaterialismo. De la unión simbiótica gracias a los libros de Burroughs y revistas como Andrómeda o Fantasía, pasaron luego a la disociación y la desgana, con un Howard universitario que optó por la contabilidad y las chicas y un David disconforme que prefirió convertirse en un escritor nómada de relatos de miedo y ciencia ficción. Después de la universidad, Howard hizo carrera en una pequeña cooperativa de ahorro y crédito, la Standard Union, donde conoció a su exmujer, mientras que David se desheredaba de las pertenencias de sus padres e iba de provincia en provincia por el noroeste y el sureste del Canadá, viviendo de trabajos temporales que le permitían un lugar donde dormir, y almuerzos y cenas bastante simples. Aquella mañana a la entrada de la casa de empeño fue David quien en realidad reconoció a Howard, y sin embargo Howard quien se acercó a él cuando se dio cuenta de que un hombre que parecía un remedo nostálgico de Ziggy Stardust y Albert Camus lo miraba persistentemente.

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Camino a la granja de la Congregación trataron de ponerse al día. Howard habló resumidamente de su divorcio. Su nombre era Emilie, no podían concebir hijos porque, tras un cuadro dañino de paperas, él había quedado infértil, pero su matrimonio había sido feliz mientras la estabilidad económica prosperó. Luego, vino una inesperada crisis bursátil, la Standard Union cerró varias de sus filiales en la región, y Howard y muchos de sus compañeros perdieron sus trabajos. Emilie empezó entonces a recordarle cuál era la verdadera razón de sus desgracias: ser un matrimonio sin frutos, no haber plantado nunca una semilla. Se divorciaron al poco tiempo. Con el dinero que le quedó, Howard abrió un pequeño negocio dedicado a la caza y la pesca, y de vez en cuando compraba armas de segunda mano en la tienda de empeño donde coincidió con David. También se hizo miembro de la Congregación gracias a la insistencia de un cliente suyo. David, mientras tanto, lo escuchaba con atención y desatención, mirando ese rostro cambiado y esa extraña panza que acumulaba grasas y desilusiones. Llegado su turno, le contó que había ido a la tienda a recuperar una máquina de escribir que había dejado como garantía el mes anterior. Seguía dedicándose a la literatura a su manera, tenía varios cuentos y novelas inéditas, pero no quería publicar nada. Howard le recordó entonces un relato de Raymond Ashcroft con el que ambos se deleitaban cuando estaban en la escuela: «Muerte en Liberty Station», acerca de una colonia en las lunas galileanas que trataba de sobrevivir después de una invasión de artrópodos provenientes de otro sistema solar. David también recordaba el cuento, aquellos seres de ojos laterales habían enfrascado a las mujeres de la colonia en cilindros de cristal y creado niños híbridos con su material genético, traficándolos por toda la galaxia conocida. Fueron vencidos, sin embargo,  en la culminación de la historia por un capitán de la Fuerza Espacial que venía de un pueblo futuro, alguien que había sido entrenado con el solo objetivo de asesinar insectos.

Fragmentos del libro Díptico de la oruga (Elektrik Generation, 2020)

Salvador Luis (Perú, 1978) se licenció en dirección de cine y literatura; doctor en estudios culturales por la Universidad de Miami. Ha publicado ensayos académicos en distintas revistas, así como las nouvelles Zeppelin (2009), Prontuario de los pies y de los zapatos (2012) y Piezas (2018); también es autor de las colecciones de relatos Shogun inflamable (2015) y Otras cavidades (2017). Como editor ha preparado diversas antologías de cuento iberoamericano, entre ellas La condición pornográfica (2011), Kafkaville (2015) y Lo sintético (2019). Se desempeña actualmente como profesor de cine y literatura en los Estados Unidos. Sitio web: www.salvadorluis.net

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